jueves, 6 de marzo de 2008

Parábola de la higuera estéril (Lucas 13: 6-9)

Jesús alude aquí nuevamente a la agricultura. Sale el personaje del Señor de la viña, que ha aparecido en otras parábolas. Este Señor siempre representa a Dios. Es el amo que gobierna ese universo que el Maestro denomina “viña.” En este caso, la higuera que ha plantado el agricultor no ha dado fruto, por tres años. El tres simboliza la infinitud. Lo que implica que el amo ha venido innumerables veces a mirar si la planta ha dado frutos. De ahí que Dios es trino. Este tres, multiplicado por tres, da a nueve. En la gematría judía, una ciencia basada en la matemática, el nueve es el número asignado al unigénito de Dios. Por eso, su inverso, el 666, es el llamado anticristo.

En nuestra vida, Dios muchas veces nos llama para que le ayudemos. Hay una pintura muy hermosa, que sale en muchos libros piadosos, de Jesús que toca a la puerta de una casa. Esa casa es nuestro corazón. Cristo nos pide que le ayudemos. Eso significa dar frutos. “Por sus frutos los conocerán.” Es una imagen muy común en la Sagrada Escritura. Dar frutos implica que tenemos que predicar el Reino, hacer apostolado, ayudar a los pobres y a los marginados. Prodigar amor en cuanto lugar nos detengamos. Dar fruto significa no cometer injusticias ni pecados que escandalicen a los demás. Algunos cristianos y cristianas llevan vidas escandalosas, y no son como la higuera que echa brotes, sino todo lo contrario. Hacen cosas que no son dignas del cristianismo, y por eso no dan frutos. A veces, para saber qué quiere Dios de nosotros, basta mirar el Sermón de la Montaña (Mateo 5-6), y eso nos dará coordenadas para llevar a cabo la obra de Dios.

Dios nos da innumerables oportunidades. A eso se refiere la parábola. Finalmente, uno de los siervos del Señor intercede para que este no la corte. ¿Quiénes son esos siervos que detienen que la mano de Dios ponga el castigo? Somos nosotros mismos con nuestras oraciones, son los consagrados y consagradas a Dios, como los sacerdotes, las religiosas, que con sus sacrificios y peticiones detienen que este mundo se condene a sí mismo. Cada obra buena que hacemos en pro de algún marginado o pobre de Dios ayuda a que el Señor no corte la higuera.

Pensemos hoy en nuestros frutos. ¿Cuáles son? ¿Asistir a la iglesia los domingos y salir de allí a una vida de egoísmo? ¿Hacer caridad, visitar a los enfermos, orar por los muertos, los prisioneros, los que tienen hambre, los misioneros? ¿Alzar nuestra voz contra las injusticias? ¿Dar consejos a quienes los necesitan? Si hacemos este examen de conciencia cada día, nuestros frutos serán cada vez mejores, al poner en práctica las enseñanzas de Jesús de Nazaret.