miércoles, 28 de mayo de 2008

Parábola del administrador astuto (Lucas 16:1-8)

¿Quién de nosotros no ha conocido a uno de estos administradores astutos? Los tenemos casi siempre en el gobierno, robándose los fondos públicos y después diciendo mentiras sobre cómo los han usado. También muestran recibos falsos con firmas falsificadas. Los tenemos también en los comercios, que usan balanzas arregladas, o venden productos podridos. Los tenemos en los restaurantes, los que usan aceite veinte veces para freír lo que nos venden, y luego anuncian sus productos como muy saludables. Este tipo de administrador anda suelto por ahí en todas partes. Lo malo es que nuestro sistema los cría de esa manera, y luego ya no sabe qué hacer con ellos.

Este tipo de gente abunda en nuestra sociedad. Jesús dice que "en verdad los de este mundo son más astutos que los hijos de la luz para tratar a sus semejantes." Los que andamos en la luz no tenemos esa malicia. Caemos una y otra vez en las garras de este tipo de gente. Nos dejamos atrapar por la comodidad, por el poco gasto, por no hacer más de lo que tenemos. Una y otra vez alimentamos a esta clase de alimaña. Sí, porque eso es lo que son, alimañas que se alimentan de nuestra ignorancia, de nuestra candidez. Fíjense cómo Jesús no señala que la gente cuestionó al administrador. ¿Qué habríamos hecho nosotros si alguien en un banco nos dice que firmemos un recibo sin nosotros haber pagado nada? Mucha gente lo haría de inmediato con la excusa de que los bancos son multimillonarios y no necesitan de nuestro dinero. ¿Pero y qué tal los empleados y empleadas de esa firma que se quedarían sin trabajo si el banco decide cerrar por pérdidas? Es un pecado disponer de la vida de otros por darnos nuestra comodidad. La actitud correcta en este caso es decirle que no al administrador. No, no voy a firmar un recibo que me exime de un pago que realmente debo. No, eso no me corresponde hacerlo.

Tal es el caso de la gente que de alguna manera se roba privilegios de otras personas. El individuo que sabe que alguien tiene el billete ganador de la lotería y se lo roba. O la persona que goza de vacaciones que no le corresponden. O aquél o aquélla que se inventa una enfermedad para no ir al trabajo y se toma una licencia. O el maestro o maestra que no preparara sus clases y le da una buena calificación a todo el mundo para no meterse en problemas. Ésos son los malos administradores, y la lista se extiende, porque el ego, que es más astuto que nosotros, nos da muchas excusas para no devolver el dinero encontrado, para poner dependientes inexistentes en la planilla de contribución sobre ingresos, para robar el agua y la electricidad del vecino, y si se puede también la televisión por cable. Muchos administradores malos pululan por este orbe.

Sé también de médicos que te hacen esperar dos horas y media en sus consultorios para hacerte dos preguntas y cobrarte $110.00 por la visita. La visita no dura más de dos minutos.

Lo curioso es que como en la parábola, son los que se agencian la felicitación del amo. La sociedad los engrandece, les dice lo necesarios que son para el sistema. Y ellos continúan robando, continúan desangrando al pueblo de Dios con sus artimañas. El problema mayor ha sido que nosotros mismos hemos creado las necesidades que ellos alimentan. Sale un producto, lo compramos, y en menos de uno o dos años ya hay que cambiarlo, porque salió algo más moderno. Es lo que ha sucedido con las computadoras, los sistemas de video (como el VHS, el DVD, y ahora el Blu-Ray). Es lo mismo que ha sucedido con la gasolina y el petróleo. Nosotros hemos dejado que esos malos administradores no pasen leyes contra el excesivo precio del combustible, lo que logra que se encarezca la vida cada día más. ¿Por qué no hay combustibles alternos? Porque los intereses de las grandes petroleras pagan cada día a senadores y representantes para que éstos veten cuanto proyecto hay para algo semejante.

Los cristianos tenemos que meter mano en el mundo y denunciar, como hizo Cristo, a esos mercaderes del templo. Algunos de ellos son tan mezquinos que van a la iglesia y ofrecen en la colecta $1.00, pero luego se van a un restaurante y pagan $100.00 por una comida y una botella de vino. Si les preguntas, dirán que la Iglesia es rica, y que ellos no van a pagar los excesos de los curas y los obispos.

En mi parroquia, el sacerdote ha tenido que desglosarle a la gente los gastos en los que incurren cada mes para que la gente se motive a dar un poco más. ¿Cómo es que gastamos $80.00 en un concierto de cuatro peludos que desprecian al público que los va a ver, o de una mujer que ensucia de alguna manera la bandera de la patria a la que asiste, pero no podemos dar $20.00 en la colecta del domingo, porque "somos pobres"?

Somos también malos administradores en ese caso. Nos gusta más este mundo que la luz. Pero en el cielo se descubrirán nuestras patrañas. Y esas moradas que Cristo nos ha prometido que tiene para los que le aman, y que son eternas, no serán para esos administradores, sino para aquéllos, que como Lázaro el mendigo, sufrieron aquí por amor del Señor de Señores.