jueves, 17 de enero de 2008

Parábola de los invitados a la boda (Mateo 22: 1-10; Lucas 14:16-24)

Esta parábola se parece un tanto a la de los viñadores homicidas. Su variante radica en la fiesta del Rey. Es obvio que el Rey es Dios, y que nos invita a todos a su fiesta. Todos los días es una fiesta. Lo que pasa es que nosotros hemos convertido la vida en una ocupación, más que en un disfrute. Si nos preguntan por qué respondemos que lo que sucede es que Dios nos castigó con el trabajo por el pecado de Adán y Eva. Eso no nos deja disfrutar de la vida. No obstante, Dios nos invita cada día a disfrutar de su fiesta. ¿Y en qué consiste esa fiesta? Consiste en levantarnos y ver como primer milagro que estamos vivos. Constatar que tenemos salud, energía para vivir. Tener algún impedimento puede parecer que nos quita vida y energía, pero eso es también cuestión de óptica y de percepción. Sé de mucha gente que tiene tremendos impedimentos físicos y sin embargo nos dan lecciones de alegría, de vitalidad y de ganas de vivir. También sé de gente enferma que no obstante dan ejemplo de un optimismo grandioso.

La fiesta también consiste en disfrutar de la naturaleza, de los olores, de la temperatura, del amanecer, del atardecer. Todo eso hay que festejarlo. Dios nos ha regalado un mundo perfecto que en algunos casos nosotros hemos descompuesto. Asimismo, ese festejo es la invitación que nos hace Dios a disfrutar de Su Vida. La vida del espíritu. Pasarnos nuestra existencia preocupados por las cosas materiales nos resta vida, nos resta energía, nos resta pasión. Lo curioso es que los invitados a la boda ponen como excusas lo mismo que nosotros. No puedo, porque tengo que trabajar, porque me casé, porque tengo una yunta de bueyes sin cuidar. Nuestras preocupaciones materiales. Para muchos de nosotros, el mundo del espíritu es inexistente. Hay gente que lo niega tajantemente.

Otra cosa que me resulta inevitable analizar es que cuando los invitados se excusan, el Rey les pide a sus empleados que salgan y busquen a cuanto cojo, lisiado, mendigo que encuentren. La analogía para mí es clara. Los enfermos, los impedidos, los pobres, tienen muchas veces menos preocupaciones que los aparentemente sanos y ricos. La gente que sufre del mal del Alzheimer vive por lo general (por lo menos los casos que he conocido, que son muchos) una vida más larga que otras personas sanas. Se dice que es porque no están asidos a esta realidad y no tienen preocupaciones. Claro, hay que ver que su condición no es nada buena. Pero lo que esto implica es que esa felicidad a la que nos invita Dios con su parábola de la boda se consigue cuando empezamos por desapegarnos de este mundo. También implica desapegarnos de los resultados de las cosas. Debemos bajar las expectativas, para no caer en la desilusión. Hay gente que va a los lugares con expectativas demasiado altas y luego se fijan en que no era como ellos esperaban. Sin embargo, cuando vamos sin expectativas o con ellas muy bajas, casi siempre resulta mejor para nosotros.

Los pobres, por otro lado, aprenden el arte de la conformidad. Cuando tenemos dinero y comodidades, es fácil decirle que no al mundo del espíritu porque creemos que no necesitamos nada. Nos convertimos a menudo en personas consentidas, que nos parece que el mundo nos queda chiquito. Por eso la parábola incide en esto.

También al final se dice que los invitados mataron a los mensajeros. Es aquí donde se parece a la de los viñadores homicidas. No queremos gente que nos venga a decir lo que tenemos que hacer, aunque sea para nuestra propia felicidad. Hoy día se desdeña a los religiosos, a los maestros espirituales, porque “viven en mundos míticos.” Se dice que no hacen nada práctico por el mundo. Hemos entronizado la herejía de la acción. No es que el mundo no necesite gente activa, sino que también necesita gente que medite, que ore, que converse con la otra gente, que sonría, que haga reír a los demás. Matar a los mensajeros significa que no nos interesa la fiesta, nos interesa el estrés de la vida diaria.

Debemos pensar en qué cosas hacemos para decirle que no a Dios y a su fiesta. Pensar en qué cosas no hacemos los días de descanso, los días de vacaciones. Pensar en cuándo será el momento de retirarnos del trabajo y dedicarnos a nosotros mismos. Pensar en dedicarles tiempo a otros y otras que necesitan atención, cuidado, alegría. Este tiempo que vivimos se ha tornado hostil porque nos hemos resuelto a individualizarnos. En Puerto Rico hemos visto recientemente que los suicidios se han duplicado. Hasta niños de diez años se suicidan. ¿Por qué? Supongo que por las falsas expectativas, por el vacío que causa el no tener cosas, el vacío que causa no ser famoso y rico, por no poder tener todo lo que nos propone la publicidad. Por los precios tan altos de las cosas que queremos comprar y no podemos. La fiesta del espíritu prescinde todas esas cosas. La riqueza está en nuestro interior, y si buscamos ahí seguramente ninguno de esos factores nos molestará. El vacío lo llenará Dios. Vayamos a la fiesta, y pongámonos el traje de invitado. No hacerlo, que es vivir la vida del espíritu, nos llevará a un infierno personal y de bolsillo.

2 comentarios:

Mariena dijo...

Que buena esta entrada. Me gusto mucho, sobre todo cuando toca lo de los suicidios. Que cosa mas preocupante. Siempre me he puesto a pensar en el vacio o desolacion que las personas que atentan contra sus vidas sienten ... y porque se sienten asi.

Feliciano dijo...

Gracias por comentar Mariena. Si no veo que ha entrado alguien de Vanderbilt en Site Meter, no hubiera buscado a ver si habias sido tu. Me alegra que te haya gustado. Saludos.