lunes, 7 de enero de 2008

Parábola del hijo pródigo (Lucas 15)

Dios es la misericordia infinita, la salud infinita, la abundancia infinita, el perdón infinito. El concepto de infinitud no cabe en nuestra cabeza, porque es finita. Por eso hemos antropomorfizado a Dios, lo hemos convertido en un ser con nuestros propios defectos. Si haces esto, te quito mi amor. Dios nunca dijo eso. Jesús, para ilustrar este principio, ya que lo acusaban de juntarse con publicanos, prostitutas, y con toda la "escoria" de la época, narró la parábola del hijo pródigo. Un muchacho le pide la herencia a su padre, porque quiere ir a probar una vida más libre. Éste se la da, el muchacho se va, gasta su herencia en bebelatas, mujeres y en "gozar la vida." Cuando se le acaba el dinero, se le acaban asimismo las amistades. Tiene que recurrir a un trabajo sucio de la época, limpiar las porquerizas. Imagínense eso para un judío, para quienes los cerdos representaban lo más asqueroso de la creación. Ni siquiera lo comen, por considerarlo uno de los animales impuros. Decide entonces volver a la casa del padre, porque entiende que hasta los criados allí comen bien. No obstante, decide que no es merecedor del amor del padre y que le pedirá que lo trate como a uno de sus jornaleros. Cuando va llegando, el padre lo ve en la lejanía, lo va a buscar, lo abraza, le pone una túnica nueva y manda a los criados a matar un ternero cebado para hacer una fiesta. Ése es el amor del Padre, de Dios nuestro Señor. No nos guarda rencor por nuestras acciones. Central a este mensaje es la actitud del muchacho, de reconocer que lo tiene todo en la casa de su padre, de que nunca debió abandonarlo.

Nosotros mismos somos ese hijo pródigo del que habla la parábola. Como punto de partida tomamos la relación con nuestros progenitores. Poco a poco vamos descubriendo el tema del respeto a nuestros padres. En una sociedad como la nuestra esto se convierte en un tema álgido por demás. Los jóvenes se ven retratados en ese muchacho que de cierta manera le falta el respeto a su padre al argüirle que ya no quiere vivir en su casa, que le dice que le dé el dinero de su herencia porque quiere vivir una vida mejor. Hoy día también se ve la otra cara de la moneda, padres y madres que no quieren a sus hijos, que los abandonan. Asimismo se dan padres y madres que maltratan a sus hijos e hijas de las maneras más inusitadas. No obstante, el padre que se pinta en la parábola es el padre amoroso, que no cuestiona a su hijo para qué quiere el dinero, sino que libremente se lo da. Luego el hijo va a ver las consecuencias de esa acción que cometió. La parábola de Cristo va dirigida primordialmente a que entendamos el amor de Dios, pero se presta para analizar las relaciones filio-paternas. ¿De qué manera hemos ofendido a aquellos que nos dieron la vida? ¿Los hemos maltratado? ¿Les gritamos, les decimos malas palabras? ¿Les robamos el dinero? ¿Les mentimos en cuanto a nuestras relaciones? ¿Andamos en malas compañías poniendo en juego nuestra reputación y en muchas ocasiones hasta nuestra vida? Todas estas reflexiones salen de esa parábola si sabemos escudriñarla de ese modo.

También esta meditación trae a colación el tema del perdón. El perdón en esta parábola tiene varias direcciones. Por un lado, tenemos al padre, quien inmediatamente que ve al hijo corre a abrazarlo sin preguntarle nada. Es la actitud de Dios ante el arrepentimiento de sus hijos e hijas. Por otro lado, vemos al hijo que ha reflexionado sobre su acción contra el padre: “He pecado contra el cielo y contra ti, ya no merezco ser llamado tu hijo.” Podemos ver en esta actitud lo que Dios quiere de nosotros. Muchas veces pecamos y no nos arrepentimos de lo que hemos hecho. Incluso lo justificamos. En su libro Forja, San José María Escrivá de Balaguer apunta: “¿Conque has hecho algo malo y lo justificas como si fuera bueno?” Nuestra conciencia busca las maneras más inusitadas para que nos sintamos tranquilos, pero en infinidad de ocasiones no es más que nuestro ego quien nos calma la conciencia. El muchacho de la parábola siente que ha caído tan bajo que regresar a la casa del padre aunque sea como uno de los jornaleros resulta más beneficioso que comer de las algarrobas que les echan a los cerdos. Esto implica que Dios siempre tiene cosas mejores para los que le aman, para los que guardan sus mandamientos. Basta mirar los salmos para darnos cuenta de todo lo que el Señor promete a aquéllos y aquéllas que sigan el rumbo que les ha trazado.

Pero aún hay más. Descubrimos en esta anécdota una tercera persona. Algunos lo justifican. El hermano mayor de la casa le reprocha al padre su actitud. Le habla de “ese hijo tuyo que se ha gastado el dinero en bebelatas y mujeres.” Le habla de lo que él ha hecho por su padre: “Yo siempre he estado aquí contigo.” A primera vista, cuando leemos la parábola, nos parece cierto todo lo que este muchacho dice: el hijo pródigo se ha ido de su casa, ha gastado el dinero, y entonces ha vuelto arrepentido a buscar apoyo. Parece una historia de “claro, ahora como no tiene cómo sustentarse, ahora se arrepiente.” Lo que no se nos ocurre es que esta historia no la escribió Mario Puzo o Gabriel García Márquez, sino Jesucristo, y tenemos que analizarla partiendo de ese presupuesto. Cuando el Maestro utiliza este ejemplo, no lo hace al azar. Lo pone allí para que entendamos unas actitudes muy comunes en la gente que practica la religión. La primera es la de creerse superiores porque adoran a Dios. Mucha gente piensa que el ir a la iglesia los domingos les da derecho a criticar y a juzgar a aquella gente que no lo hace. Sé de gente cuya manera de clasificar a su prójimo consiste en establecer qué clase de relación esa persona tiene con la Iglesia. Por ejemplo: “Fulano, ah, ése es tremenda persona, es cursillista.” “Oh, sutano, muchacho, ése fue seminarista ocho años.” No se dan cuenta de que eso no tiene nada que ver con ser bueno, malo o regular. Si fuéramos a partir de esa suposición, entonces tendríamos que conceder lo que hicieron los fariseos. O decir que eran buenas personas porque se sabían los mandamientos, los llevaban en las mangas de la túnica y en la frente. Se cae en el peligro del fariseísmo cuando se adopta esa actitud. Le sucede al hijo mayor de la parábola. Le reprocha al padre su actitud de perdón. No sólo eso, se niega, de alguna manera a concederle el perdón a su hermano. Ni siquiera acepta entrar a la casa ni a la fiesta.

Perdonar significa dar un paso muy grande en nuestra vida espiritual. Nacemos con esa predisposición al egoísmo. Creemos que el mundo gira alrededor nuestro y siempre que hay que perdonar alguna transgresión, pensamos que es a nosotros a quien se la han hecho. Aparentemente, el principio es muy sencillo: “Perdonen, para que sean perdonados” (Lucas 6:37), “perdónanos nuestras ofensas como nosotros perdonamos a los que nos ofenden” (Lucas 11:4). Casi todo en la espiritualidad se refiere al perdón. Dios nos perdona nuestras ofensas cada vez que nos arrepentimos y le pedimos perdón de corazón. De la misma manera, Jesús confió a sus discípulos el perdón de los pecados: “A quienes les perdonen los pecados, les quedan perdonados” (Juan 20:22). Si Dios mismo en su misericordia no se guarda ese acto de amor, no somos quienes para negárselo a otra persona. Nadie dice que sea fácil. Nuestra naturaleza automáticamente se defiende de los ataques que nos hacen, pero el perdón es liberador.

Pensemos seriamente en lo que nos propone la parábola, y llevamos esto a nuestra vida diaria. Es una manera de andar en el Espíritu.

3 comentarios:

Raúl José dijo...

Me gusto mucho la explicacion del comportamiento del hijo que se queda... nunca lo habia visto desde ese punto de vista pero tiene mucho sentido. Muy bueno!

Feliciano dijo...

Gracias por tu comentario. Espero seguir complaciendo tus gustos espirituales.

Nicobar dijo...

quiero felicitarte por tus palabras, la verdad es que estoy preparando un taller para niños respecto a ésta parábola y necesitaba leer algo que me guiara en éste proceso.
muchas gracias!