sábado, 5 de julio de 2008

Parábola de los árboles (Jueces 9: 8-15)

También en el Antiguo Testamento existen parábolas, ya que ésta era una de las maneras en que Dios tenía para enseñar al pueblo. Las comparaciones existen en nuestra vida diaria como parte del folklore, por eso tenemos los refranes, los chistes, los ejemplos. Cada uno de esos géneros imparte no sólo entretenimiento sino también sabiduría.

Esta parábola se enmarca en uno de los periodos de en que el pueblo judío se encontraba con un rey muy pérfido, Abimelec. Fue el primer rey que se autoproclamó y que mandó a matar a 69 de sus 70 hermanos. El pueblo sufrió una maldición de parte de Dios por esta acción de su rey. Abimelec no es el primer rey malvado. En su momento, también lo fue Saúl, quien le dio la espalda al profeta Samuel y no tomó sus consejos. A raíz de eso, Dios le dijo al profeta que escogiera a otro de sus hijos para liderar Israel. Y así fue que David vino a ser el rey. Saúl le dio mala vida hasta que Dios decidió que Saúl no debía seguir allí y se lo llevó en una guerra.

La parábola tiene dos mensajes claramente delineados en su trama. Por un lado, los árboles quieren tener a un rey y les piden al olivo, a la higuera y la viña que sean sus reyes. Cada uno declina, por una razón poderosa: el deber y la vocación. Finalmente se lo piden a la zarza espinosa, la que gustosamente acepta, pero con una especie de amenaza: "…vengan y refúgiense en mi sombra. Si no, haré que salga fuego de mí y devore los cedros del Líbano" (Jueces 9: 15). El otro mensaje es que la gente que no vale la pena es la que acepta estos puestos de poder, precisamente porque eso los valida y hace que la gente pierda de vista que no son personas de fiar. La gente que tiene sus propios méritos, no necesita posiciones para validarse. El libro El principio de Peter nos muestra, con un axioma muy cómico, pero muy acertado, qué sucede con ese tipo de gente: "Un empleado de una compañía cualquiera llega hasta su máximo nivel de incompetencia y ahí se queda." Tiene sus corolarios, y vemos que nos dice: "Los competentes y los súper competentes no caben en este sistema."

Por eso vemos que cuando una persona asume el mando en alguna compañía o en el gobierno, cambia radicalmente. Se convierte en autoritari@, se alía con la administración, no se solidariza con los compañeros. Generalmente actúa de manera hipócrita, y les dice a sus compañer@s que lo que él o ella hace no se puede explicar porque sea de la administración, sino porque lo ejecuta para mejorar el lugar de trabajo o el país. Dice asimismo que la vida privada de sus compañer@s de trabajo no le importa, pero los fiscaliza, los espía y los chantajea cuando ve que no se amoldan a su forma de trabajar. Justifica todas sus acciones con la administración.

Éste es el cuadro que tenemos en nuestra vida diaria en nuestros trabajos y en nuestros países. Personas que no valen nada en los puestos de poder. Abimelec dio esas muestras cuando destruyó la ciudad de Siquem (9:45), quemó la "torre de Siquem" (9:46-49) y cuando finalmente lo mataron en Tebes (9:53-54). Muchas veces vemos que profesores o profesoras deciden ser decanos o decanas para deshacerse de compañeros que no le caen bien, o para gozar de prestigio y poder, no para ayudar a la universidad o a la escuela. Los dictadores suben al poder por golpes de estado, y luego desaparecen a sus contrincantes y a sus seguidores.

Creo que la enseñanza se puede aplicar también de dos maneras. La primera, siempre seamos fieles a nuestra vocación. Un maestro o maestra es eso primero que nada. La administración hay que dejarla a los administradores. La segunda, siempre miremos a quién proponemos para administrar nuestras vidas, ya sea en el trabajo o en el país. No nos podemos quejar si dejamos que esos malos administradores, como los de la parábola, rijan en el mundo y nos quiten la poca posibilidad que tenemos de vivir en paz de una vez para siempre.