miércoles, 15 de abril de 2009

Los discípulos de Emaús (Lucas 24:13-35)

Éste es probablemente uno de mis pasajes favoritos referentes a la resurrección de Jesús. En él encontramos muchos elementos que nos hacen meditar profundamente sobre la relación que llevamos con el Señor.

Como primer punto de discusión, vemos que los discípulos, a quienes no se les identifica al principio, estaban ya lejos de Jerusalén. Tan pronto las cosas fueron mal, decidieron irse de allí. Mientras Jesús estuvo con ellos, no había ningún problema, todo iba de maravillas. Al caer preso el Maestro, se dispersan. “Heriré al pastor y se dispersarán las ovejas,” reza la Escritura. No vemos a ninguno de ellos, sólo a Juan, al pie de la cruz. Ya sabemos de la traición de Judas y de la negación de Pedro. Ahora, se han ido lejos de la ciudad donde el Cristo ha sido crucificado. Los Once se habían quedado encerrados en una casa, “por miedo a los judíos.” ¿No es ese el mismo miedo que sentimos de decir las cosas que tenemos que decir, de denunciar las injusticias? Nos alejamos de los lugares donde la situación se pone candente. Estos discípulos se habían alejado de allí, igual que los demás, por un sentido de frustración, por la debilidad de que no pasó lo que ellos esperaban. No obstante, discutían sobre lo que había pasado. Es una experiencia demasiado fuerte como para echarla a un lado. Seguían rumiando su derrota, o su aparente derrota.


El segundo elemento, es la aparición de Jesús. Es curioso cómo cumple Cristo sus promesas. “Cuando dos o más estén reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos.” Aun cuando los discípulos sólo hablaban de lo que había pasado, el Maestro se pone en medio de ellos, los sigue mientras ellos discuten sobre su desgracia. Esto se debe a que los discípulos tenían una conversación espiritual. Pero no lo reconocen. Es lo mismo que le sucede a Pedro, mientras estaban pescando. Jesús se aparece y dice el Evangelio: “Pero los discípulos no podían saber que era Él” (Juan 21:4). Jesús se encuentra en su cuerpo glorioso, y eso impide que incluso los allegados lo puedan reconocer.

En el relato de Cleofás, que es el discípulo a quien la Escritura luego identifica, vemos algunos temas muy importantes. Habla de Jesús, de su obra y de su palabra, y de cómo los jefes corruptos de su pueblo lo entregaron a las autoridades. Finalmente relata cómo las mujeres dieron testimonio de que los ángeles les habían dicho que Cristo había resucitado.

Cristo entonces los reprende, por no entender las Escrituras y se las explica. Les dice cómo el Mesías tenía que padecer para entrar en su gloria. Esta actitud es muy significativa en nosotros los seres humanos. Se nos explican las cosas y no las entendemos. Vamos domingo tras domingo a la misa y luego si alguien nos pregunta, no sabemos ni de qué se habló ese día. No sabemos los pasajes significativos de la Escritura, no conocemos los personajes bíblicos y por qué son importantes. Es lo mismo que nos pasa con la Historia, y por eso repetimos constantemente los mismos errores. Cristo les explicó todo lo que se refería a Él que estaba en la Escritura; no sólo lo que decían de su pasión y su muerte, sino asimismo lo que se decía de la resurrección.

Finalmente parte el pan con ellos y es entonces cuando se les abren los ojos. Vemos aquí el símbolo de la Eucaristía. Comulgar el cuerpo de Cristo nos abre los ojos espirituales y podemos reconocer a Cristo dondequiera que lo encontremos. El Maestro entonces desaparece de su vista. Los discípulos vuelven a Jerusalén, a testimoniar la resurrección del Señor. Es lo que nos debe pasar cada vez que comemos con el Señor en su mesa. Cada domingo debe ser una nueva epifanía de Cristo en nuestras vidas. Cada domingo debemos salir con el ánimo dispuesto a testificar de su resurrección. Que este mensaje de hoy nos sirva de punto de partida para encontrarnos siempre con Jesucristo, que la misa se convierta en ese reconocimiento de nuestra necesidad de estar con el Maestro y que Él nos hable, y que nuestro corazón “arda con sus palabras” (Lucas 24:32).