martes, 23 de octubre de 2007

Primer misterio glorioso: La resurrección (Jn 20:1-18; Mt 28:1-8; Mc 16:1-8; Lc 24:1-11)

La resurrección es la esperanza gloriosa que nos ofrece Jesucristo. Su propia resurrección es signo inequívoco de lo que nos espera una vez muramos. Si es que morimos, porque la promesa de JC es que el que cree en Él, aunque esté muerto vivirá, y si está vivo, no morirá para siempre. La muerte, después de la resurrección, no tiene poder sobre el cristiano que ama profundamente a Dios. Le tememos a la muerte porque no sabemos cómo será el tránsito entre esta vida y la otra. Es lo mismo de siempre, miedo a lo desconocido. Cristo nos abrió las puertas. El concepto del Cielo, del más allá, es básicamente un concepto neotestamentario. En el AT no hay menciones, excepto las del sheol. Los profetas siempre decían que los muertos no alababan al Señor. Jesús se encargó de hacernos ver que existe un Cielo, que Él describe como moradas, moradas que Él nos guarda.

Al resucitar, Jesús no sólo nos abrió las puertas de ese Cielo que Él describe, sino que asimismo nos plantea que debemos hacer algo para ganárnoslo. No basta con decirle Señor, Señor, como dice en el Sermón de la Montaña. Tenemos que mantenernos activos en la caridad fraterna. Para los apóstoles, la resurrección resultó ser un súper acontecimiento, pues fue algo que no se esperaban. Cada vez que el Señor lo anunciaba, ellos se quedaban callados, o se preguntaban qué significaba aquello. Incluso sucedió que en muchas de las apariciones no lo reconocían. Sólo lo llegó a reconocer Juan en un momento dado. Creo que por su juventud, su inocencia. Pedro estaba demasiado embebido con el trabajo de la pesca para reconocerlo. Es lo que nos sucede a menudo. El Señor se presenta muchas veces ante nosotros, resucitado, en su cuerpo glorioso, y no lo reconocemos. Ese cuerpo glorioso puede ser el de un enfermo, el de un pobre, el de un necesitado de justicia, a quienes Cristo llama “bienaventurados.”

También se nos presenta en la Eucaristía, como les pasó a los discípulos de Emaús. Estuvieron con Él, compartiendo por el camino. El Señor les explicó las Escrituras, y cómo se decía lo que debía pasarle al Mesías. Luego de eso, partió el pan con ellos, y entonces lo reconocieron. ¿No estamos con Él cada domingo en el partir del pan? ¿No nos explica las Escrituras a través de sus ministros? ¿Por qué entonces no lo reconocemos? Ciertamente no lo reconocemos cuando salimos muchas veces a hacer lo mismo que hacíamos antes de entrar a la iglesia: hablamos mal del prójimo, pensamos mal de la gente, pisoteamos a nuestros/as empleados/as, mentimos, y luego juzgamos a los demás porque no van a la iglesia o no confiesan y comulgan.

La resurrección nos debe cambiar como cambió a los apóstoles. Luego de la crucifixión los apóstoles se escondieron por miedo a los judíos. Cristo se les presentó en aquel recinto y les comunicó el Espíritu Santo. Les dio el poder de perdonar pecados, y de ahí en adelante, estos discípulos cobardes se convirtieron en otras personas. Pedro murió crucificado de cabeza, después de haber negado tres veces al Señor, Juan casi muere en el exilio por predicar el Evangelio. Santiago murió despeñado desde un edificio. San Pablo, aunque no fue de los apóstoles originales, también dio la vida por Jesús. Eso, sin hablar de los milagros que hicieron después de que Cristo los bendijo aquel día: Pedro curaba con su sombra, Pablo resucitó a un hombre que cayó desde una gran altura a causa de haberse dormido durante uno de sus sermones. ¿Hemos pensado en ese poder que emana de la resurrección de Cristo? ¿Por qué en nuestro tiempo existen tan pocos milagros? Es que la fe se ha ido extinguiendo. El mismo Jesús se pregunta si habrá fe cuando Él vuelva. La fe la han ido sustituyendo la ciencia y la tecnología. Nos sentimos cómodos en nuestras casas, con aire acondicionado, con Internet, con teléfonos celulares, con toda clase de comodidades. ¿Nos cambia la resurrección de Cristo? ¿Permitimos que el Espíritu de Dios nos haga hombres y mujeres distintos, locos por predicar la Buena Nueva, o sólo vamos el Domingo de Ramos a buscar la ramita y el Domingo de Pascua vamos a la iglesia a lucir nuestras mejores galas?

Cristo no resucitó para que tuviéramos una fiesta social ese día, sino una fiesta celestial para que resucitáramos con Él. Para que nuestra vida fuera diferente a la de aquellos que no creen. Resucitó para decirnos que podíamos perdonar a la gente que nos hace mal, y que podíamos comunicar el Espíritu a aquellos incrédulos que necesitan una esperanza. Porque de eso se trata el pecado, de no entender la misericordia de Dios. Cristo nos ha puesto para que seamos la esperanza de los desesperanzados, la caridad de los que carecen de amor, y la vida de aquellos que sin saberlo han muerto a la eternidad.

Ése es el sentido de la resurrección. Cristo ha vencido a la muerte, y con ella, venció también al pecado. Vayamos con Él a dispersar el mensaje: “He visto al Señor, y me ha dicho grandes cosas.”