martes, 16 de octubre de 2007

Segundo misterio doloroso: La flagelación del Señor atado a la columna (Juan 19: 1; Marcos 15:15; Mateo 27:26)

De este evento se dice muy poco en la Escritura. Más se puede sacar de lo que pasó antes, que del mismo suceso en sí. Antes de esto, Pilatos ha preguntado al pueblo si quiere que suelte a su rey (como él mismo lo llama), o a Barrabás. Como ya sabemos, el pueblo elige a Barrabás. Este personaje no era lo que lo llaman los Evangelios. Había matado a uno, o se había cometido el asesinato durante una revuelta que él causó, pero no era un bandolero. Era un subversivo, que se oponía al régimen del Imperio. Su nombre, según Benedicto XVI en su libro Jesús de Nazaret, significa “hijo del padre” (Bar Abba). Así que Barrabás era otra especie de mesías. Un mesías más apropiado para los judíos, porque hacía guerras, porque se oponía violentamente al sistema. Jesús, para ellos, significaba un apocado, alguien que se identificaba con la paz. Una persona que decía que quien era como un niño heredaba el Reino de los Cielos. Una persona que decía que el que odiaba a su hermano merecía la gehenna. En nuestros tiempos hemos descubierto que nos gustan los guerreros. El presidente Bush, el más guerrero de todos los presidentes que ha tenido Estados Unidos, ganó de manera apabullante su segundo término porque ya había metido al país en la guerra de Irak. Lo mismo pasó con Ronald Reagan en los 80. La gente decía que Reagan le había devuelto al país su orgullo. No nos gusta la paz que se obtiene por el diálogo. La paz hay que buscarla con la guerra. Los judíos no querían a una persona así para que los representara.

En el evangelio de Juan, antes de la flagelación se da el diálogo entre Jesús y Pilato. Un diálogo interesante en el que el Señor le hace ver que Él es un rey, pero que no tiene nada que ver con este mundo. Por eso mismo es que sufre. Sus compatriotas querían, como hemos dicho, alguien que se pareciera más a Saúl, a David, aquellos reyes que se presentaban en un país y lo asolaban. El reino de este mundo no es para Jesús. Él no vino a subyugar pueblos, ni a vengarse. Por esa razón lo azotan. Sus metas no son las nuestras. Las nuestras son adquirir cosas, tener sexo, vivir cómodamente, ganar infinidad de dinero, y no prestarle ninguna atención a quien necesita, porque seguramente se merece pasar pobreza. ¡Que se vaya a trabajar! No queremos un rey que diga que quien es testigo de la verdad lo sigue a Él. Si la norma en nuestras vidas es por lo general la mentira. Los sistemas han hecho de la mentira su regla de vida. Nos pasan el rolo con cargos que no existen en los contratos, con reglas que se inventan para ganar más dinero. Los contribuyentes se inventan dependientes que no existen para pagar menos. Muchos comerciantes alegan ganar una cantidad cuando en realidad se ganan el doble. Muchos empleados se roban materiales de las oficinas y las compañías con la alegación de que la compañía no lo necesita. Mucha gente en urbanizaciones y barrios abren las tomas de agua para bañarse en el verano, “porque esa agua no es de nadie.” Muchos maestros y maestras van a sus salones sin prepararse o faltan sistemáticamente un día a la semana para derrotar al sistema.

Incluso les enseñamos a nuestros hijos a mentir, porque “la verdad hiere.” Una vez vi a una señora estacionar su carro frente a la iglesia. De ella se bajó su hija, que no había ido a misa, y se paró en la fila con el boletín parroquial para que el sacerdote se lo firmara como que había asistido. Lo necesitaba para que en la escuela católica a la que iba supieran que ella era una católica práctica. ¿Y queremos que no haya políticos corruptos? Si nosotros mismos los creamos.

Somos los que flagelamos al Señor diariamente. Lo atamos para que no se mueva, para que se quede ahí mientras le pegamos, lo escupimos y le decimos que nos parece mejor alguien que hace algo por el mundo, que guerrea para que no haya terroristas, que mata a inocentes porque hay que parar a esos “asesinos.” Nos gusta que condenen a los reos a la pena de muerte, igual que los judíos de aquella época, porque tienen que pagar por lo que hicieron. Eso de “al que te pegue en la mejilla derecha, pone también la izquierda,” está bien para el cuentito de los evangelios, pero en este mundo no se puede ser así, porque te cogen de zuruma.

¿Para qué somos cristianos? Cristo es el Príncipe de la Paz que describen los profetas. Sus enseñanzas vienen para que este orbe adquiera verdaderamente la paz, la paz que no es de este mundo, la que Él nos trae. No sigamos propinándole azotes, no lo escupamos, ni nos burlemos de Él.

2 comentarios:

Raúl José dijo...

Wow! Me encanto esta reflexion. Al conocer el contexto politico de la crucifixion de Cristo, entiendo mejor esa frase de "Mi Reino no es de este mundo." A veces esas cosas que dice Jesucristo suenan muy abstractas si uno no conoce el ambiente en el que se dan, pero, efectivamente, el Reino de un Dios de paz y de amor no es de este mundo (desafortunadamente). Pero por eso creo que much@s cristian@s malinterpretan el significado de nuestra religion... seguir a Cristo tiene que ser, ser una persona de paz, de amor, de solidaridad no de ritos que no entienden ni de dogmas cuyas razones no conocen.

Feliciano dijo...

Ah, gracias por tu comentario. Sabia que te gustaria. Esta manana no sabia bien quien me habia escrito porque no se veia tu nombre y la primera parte del comentario estaba tapada por el titulo de la reflexion. Gracias por eso.