lunes, 8 de octubre de 2007

Primer misterio luminoso: El bautismo del Señor (Mateo 3:13-17)

Seguimos con la vida de Cristo en orden cronológico. El bautismo de Cristo nos introduce en una nueva fase de su vida. Han pasado 18 años desde que se perdió en el templo. Ha estado aprendiendo en su casa, en la sinagoga, con la meditación diaria de la Sagrada Escritura. Como decía el misterio anterior: “Creciendo en gracia y en sabiduría.” Ahora se presenta ante Juan para ser bautizado. La primera actitud en este relato es la humildad de Juan. “Soy yo quien debe ser bautizado por ti, ¿y vienes tú a mí?” (14). A lo largo de todos estos misterios vemos cómo la humildad es la cualidad esencial para adquirir sabiduría y el favor de Dios. Isabel reconoce en una adolescente a la Madre de Dios; María ayuda a una anciana a estar mejor durante su embarazo; Cristo obedece a sus padres aun siendo Él superior a ellos. Y ahora esto. Juan, “la voz que clama en el desierto,” le dice a Jesús que Él es superior.

¿Cómo podemos ser humildes? La mera palabra, para muchos, es ofensiva. Humilde en algunos casos significa “indigente.” En otros, y para muchos, significa ignorante, cobarde, poca cosa. No entienden que la humildad no se trata de eso. Cristo la define muy bien cuando en el Sermón de la Montaña nos dice: “Amad a vuestros enemigos y orad por los que os persiguen” (Mt 5:44). Asimismo nos señala: “Cuando hagas, pues, limosna, no vayas tocando la trompeta delante de ti, como hacen los hipócritas en las sinagogas y en las calles, para ser alabados de los hombres…” (Mt 6:2). Por último, también nos dice: “Si vas, pues, a presentar una ofrenda ante el altar y allí te acuerdas de que tu hermano tiene algo contra ti, deja allí tu ofrenda ante el altar, ve primero a reconciliarte con tu hermano y luego vuelve a presentar tu ofrenda” (Mt 5:23-24). Para mí, el colofón de esta lección de sabiduría viene cuando el Maestro habla sobre la ley del Talión: “No resistáis al mal, y si alguno te abofetea en la mejilla derecha, dale también la otra, y al que quiera litigar contigo para quitarte la túnica, déjale también el manto, y si alguno te requisara para una milla, vete con él dos. Da a quien te pida y no vuelvas la espalda a quien desea de ti algo prestado” (Mt 5:39-42).

Cristo, en este misterio, se presenta humilde, pues le dice a Juan que hay que respetar la Ley, que hagan lo que está mandado. Ya hemos visto cómo José y María obedecían la Ley, y hacían lo que estaba prescrito. Enseñaron a su Hijo a cumplir con ella también. Ahora Jesús no se ensoberbece de ser el Escogido de Dios. Antes se muestra sumiso ante alguien que es inferior a Él, porque es su criatura. ¿Cuántas veces no hemos sido humildes? ¿Cuántas veces no damos al que nos pide porque decimos que lo quiere para drogas, o lo mandamos a trabajar? ¿O incluso le decimos cosas como “Cristo te ama,” para demostrarle asimismo nuestra superioridad? ¿Cuántas veces no perdonamos al hermano porque lo tildamos de hipócrita? ¿Y nosotros qué somos en ese caso? La humildad es en extremo difícil. Si practicamos ese programa que Jesús nos pone en el Sermón de la Montaña avanzaremos en nuestra vida espiritual.

Aun nos queda, no obstante, otro aspecto. El Espíritu Santo se posa sobre Cristo para que sepamos quién es Él. También el Padre habla desde el cielo para decirnos que es en Él sobre quien están puestas sus complacencias. Esto significa que Jesús es la vara con la que nos debemos medir. Siempre que haya una duda moral o espiritual, debemos preguntarnos: ¿Cómo lo haría Cristo? ¿Humillaría Cristo a un mendigo? ¿Se burlaría de una prostituta? ¿Rechazaría a alguien por cualquier condición social? ¿No perdonaría a alguien y se excusaría: “Sé que esto no está bien, pero no puedo hacerlo de otra manera”? Cristo es el camino, la verdad y la vida, ya lo dijo Él mismo. Si queremos ser como Él debemos imitarlo en su humildad ante las cosas de este mundo, ante las personas. Tenemos, como cristianos, que negarnos a nosotros mismos. La naturaleza humana pide a gritos cosas que no están bien, y por eso hay que decirle que no. Auscultemos los siete pecados capitales y las virtudes que se les oponen. Es el mejor programa que podemos usar para ser “perfectos como nuestro Padre en el cielo es perfecto.”

2 comentarios:

Raúl José dijo...

Me encanta esa imagen de la humildad. Al ver todos estos misterios puestos unos de tras de los otros, se pueden notar esas tendencias bien claramente. No me habia dado cuenta de que, efectivamente, en cada una de estos Evangelios se enfatiza la humildad. Q bonito!

Feliciano dijo...

Que bueno que te gustó. Te agradezco que entraras a comentarlo.