miércoles, 17 de octubre de 2007

Tercer misterio doloroso: La coronación de espinas (Mc 15: 17-19).

La escena de la coronación de espinas tiene muchas ramificaciones. A la misma vez que coronan al Señor con aquel aparato de tortura, los soldados lo visten con una túnica púrpura, y se burlan de él. Es el mundo al revés del que hablan los teóricos literarios. El Señor de Señores como objeto de escarnio de sus propios súbditos. Todo esto ya había comenzado cuando lo llevan ante Pilatos. Herodes también se burla de él cuando le pide que haga algún milagro, como si de un mago se tratara. La cuestión de montar un espectáculo se encuentra aquí por todas partes.

No era la primera vez que un caudillo cae presa de sus propios seguidores. Bruto había traicionado a Julio César. No sería la última. Los redentores siempre terminan crucificados, reza el refrán. Los ejemplos son múltiples. Pero no es eso quizá lo más importante de este misterio. Jesús acepta la corona de espinas como un sacrificio para expiar los pecados de pensamiento de la humanidad. Es quizá lo mismo que pasó con la flagelación, que la aceptó por expiar los pecados del cuerpo.

Los seres humanos somos muy dados a pensar mal. “Piensa mal y acertarás,” dice un refrán. Así, nosotros desconfiamos casi sistemáticamente de la gente. Vamos por el mundo pensando que los demás quieren hacernos daño. Pensamos que nadie hace nada por nadie si no es por interés. Esa cualidad nos aleja de nuestro prójimo, porque no podemos poner en práctica aquel mandato de Cristo de “al que te pide, dale.” Y no damos porque inmediatamente nuestra mente comienza a fraguar toda clase de excusas: Los quiere para drogas, ¿por qué no trabajará?, que se busque a otra persona a quien coger de boba, etc.

Es en nuestra mente donde se cuecen los prejuicios. Casi siempre somos nosotros los perfectos. Los demás, que aprendan de nosotros. Los pobres son vagos, los ricos son corruptos, los médicos avaros, los abogados mentirosos, los viejos, anticuados, los jóvenes, peligrosos y vagos también, los negros, pillos, los homosexuales, pervertidos, las mujeres, estúpidas y chismosas, los hombres, infieles. Y así por el estilo, buscamos en la gente toda clase de defectos para justificar nuestra propia existencia.

La mente también crea el mundo que nos rodea. Así, vemos las cosas con el color que lo pintamos en nuestro cerebro. Nos levantamos y pensamos que el día nos irá bien o nos irá mal, y de esa manera actuamos. Hablamos de las cosas que nos salen al paso en la mente dependiendo de nuestra situación, y no tratamos de cambiarlas. Jesús siempre hablaba de amor, y creo que en ese sentido llenar nuestra mente de amor cambiaría radicalmente las cosas a nuestro alrededor. San Vicente de Paúl decía que no eran las cosas las que nos afectaban, sino nuestra percepción de las cosas. Y todo eso no es más que asunto de nuestra mente.

Por eso para cambiar nuestros pensamientos, debemos llenar nuestra mente de los preceptos de Dios. Dios nos dice en la Sagrada Escritura que si seguimos sus mandamientos triunfaremos en la vida. Lo repite de muchas maneras en el Antiguo Testamento. Jesús lo dice de otra manera, “el que me sigue obtendrá aquí el ciento por uno, y después la vida eterna.” La mejor manera de llenar nuestro espíritu y nuestra mente con las enseñanzas de Dios es leer por la mañana la Escritura, preferentemente los Salmos, donde se habla constantemente de la misericordia de Dios. Y por la noche, hacer lo mismo o terminar el día con una lectura motivadora, espiritual. Entrenémonos asimismo en pensar bien de todo, buscándole a cada cosa una razón de ser que no se base en el prejuicio.

Cristo sabía lo que implica la mente. Por eso, de alguna manera nos lo hace saber cuando dice que “el Reino de Dios está dentro de ustedes.” Sabía que nuestro interior guarda tesoros insondables. Así que hay que mantenerlo limpio. Si Él aceptó esa corona de espinas, fue para que comprendiéramos lo que nuestra mente puede hacer. No desechemos ese sacrificio del Maestro.

2 comentarios:

Raúl José dijo...

Eso estoy haciendo yo, entrenandome con esta lectura motivadora. =) Gracias!!

Feliciano dijo...

Muchas gracias por tu comentario. Me encanta que te gusten.