jueves, 25 de octubre de 2007

Segundo misterio glorioso: La ascensión (Hechos 1:9-14)

La ascensión del Señor nos habla de muchas cosas. En primera instancia, las circunstancias que rodean este incidente maravilloso, nos explican la relación de Dios con el ser humano. Antes de partir hacia el cielo, Cristo come con sus discípulos, y les da unas últimas recomendaciones. Se nos parece esto a cuando un padre va salir de su casa, y les deja instrucciones a sus hijos(as) para que sepan cómo comportarse y cómo hacer las cosas bien. Les pide no apartarse de Jerusalén, porque dentro de pocos días serán bautizados con el Espíritu Santo. Todavía en ese momento, hay discípulos que esperan que Jesús derroque el imperio romano y establezca el Reino de Israel. Aquí en la tierra, todavía muchos de nosotros esperamos lo mismo. No hemos entendido que Jesús no vino a eso. Lo culpamos del hambre en el mundo, de las enfermedades, de la pobreza, del abuso de los políticos y los administradores del orbe, de la perversión sexual, del materialismo. Y le preguntamos lo mismo: ¿Cuándo vas a instaurar el Reino de Dios? ¿Por qué no te vengas de esos malandros? ¿Por qué no te deshaces de ellos y nos entregas un mundo lindo sin defectos? Se nos olvida que Dios nos entregó un mundo lindo, y nuestra soberbia lo ha hecho feo. Hemos jugado a ser Dios, porque le creímos a la serpiente que el conocimiento del bien y del mal nos haría como Él. Y ahora estamos empeñados en descubrir todo para deshacernos de una vez por todas del que manda. Nos parecemos a los trabajadores de la viña que dijeron que si mataban al Hijo se quedarían con todo. Nos hemos creído esa patraña. Y hemos luchado por quedarnos con la viña. Hemos sacado a Dios de nuestros trabajos, de nuestras escuelas, y todo por la democracia, por el buen convivir. Todo, según nosotros, por el respeto. Tenemos que respetar a los que no creen en Dios, pero ellos no nos deben respetar a nosotros. Somos nosotros lo que debemos sacar a Dios. En las universidades no se puede hablar de Dios o de la religión porque eso es mezclar la Iglesia y el Estado. Ah, pero sí se puede hablar mal de Dios, o hablar de las filosofías que lo niegan. A un(a) maestro(a) no lo acusan por decir en una clase: “Yo soy ateo, y si Dios existe, que prenda la luz.” Y apaga la luz. Esa es su manera de presentarse. Nadie va al decano y le dice: “Mire, señor decano, el profesor(a) anda hablando mal de Dios en los salones de clase." Si la cosa es al revés, si el maestro se pone a hablar de Dios, y a decirles a los estudiantes lo buena que es la vida si se sirve a Dios, entonces lo llaman a capítulo, porque no puede predicar.

También hemos sacado a Dios de las comunicaciones. Los derechos de los que no creen tienen que ser servidos. Queremos que Cristo resuelva eso de golpe y porrazo, sin que medie nuestra conversión, sin que medie nuestra intervención. Es muy fácil decirle a Dios que lo haga sin nosotros, pero gozar del beneficio de esa intervención. Tratamos a Dios como tratamos a nuestro prójimo.

Así las cosas, Cristo nos interpela y nos dice que no podemos saber los planes de Dios, pero que nos dará las herramientas para enfrentarnos al mundo. Nos enviará al Espíritu, al Consolador, que nos hará sus testigos. Ya hemos hablado en las meditaciones anteriores de cómo conseguir esa gracia de Dios. Somos nosotros los llamados a instaurar el Reino de Dios en la tierra.

Después de decir esto, Cristo fue arrebatado y una nube lo cubrió. Esa nube nos recuerda siempre a Dios, por el AT. Es la nube de la protección del pueblo de Dios. Cristo se va, y deja a los apóstoles. No los abandona, pues ya les ha prometido: “Yo estaré con ustedes hasta el fin de los tiempos” (Mateo 28: 20). No obstante, los discípulos se quedan mirando al cielo, y es un ángel quien los amonesta para que sigan adelante. Nos pasa lo mismo cuando nuestros padres y madres nos van dejando de la mano, y también nuestros maestros(as). Ya nos han enseñado, ahora esperan que nos enfrentemos al mundo. Seguir esperando que nos resolverán los problemas es estancarse en la vida. Ya Cristo había dicho lo necesario para que se salvaran y salvaran al mundo. Ese es nuestro compromiso. No podemos quedarnos encerrados en nuestras iglesias y en nuestras devociones, disfrutando de Jesús, como quería Pedro en la transfiguración. Hay que bajar al mundo y ser testigos del Señor. Cuando recibamos el Espíritu, ascenderemos como Él, y también ayudaremos a implantar en el mundo el Reino de Cristo Jesús.